viernes, noviembre 20, 2009

Y aún así nacen, crecen, se reproducen y mueren

Si la Convención sobre los Derechos del Niño fuera una persona, hace dos años habría llegado a la mayoría de edad en un país en donde, pese a la ratificación de esta Convención y la existencia de leyes importantes, quizá hasta de avanzada como la Ley de Protección Integral de la Niñez y la Adolescencia o la Ley de Adopciones, mueren diariamente a causa de la violencia de dos a tres menores de edad; en donde más de 20 mil niñas y adolescentes de 10 a 19 años se embarazan; en donde cientos de niños y niñas viven padeciendo desnutrición crónica y otros tantos mueren.

Impactante o de pronto no tanto, nos hemos acostumbrado a todo esto, y hablar de violencia: baleados, degollados, recién nacidos alcanzados por balas pérdidas, niñas abusadas sexualmente, explotadas en lupanares, niños y niñas pidiendo limosna en las calles, inhalando pegamento, niños con el cuerpo deformado por las largas jornadas laborales bajo el sol trabajando inclinados, niños mutilados al manipular pólvora, infantes sin nombre, sin escuelas, sin comida, sin atención médica, ciudadanos de un país amnésico, ignorante, habitantes de un país fallido.

Si la Convención de los Derechos del Niño fuera una persona nacida en Guatemala, sería el vivo ejemplo del subdesarrollo y el abandono por parte del Estado, ilustraría muy bien esas diferencias entre países pobres e ingobernados y países sólidos y desarrollados.

Sí, si esta Convención fuera una persona viviría en un lugar en donde su voz fue inexistente durante muchos años, y quizá aún lo sea, en un país en donde la política y sus protagonistas sólo aparecen cada cuatro años, en un país en donde el miedo ya no se percibe porque se ha incorporado a su imaginario.

Si la Convención sobre los Derechos del Niño fuera una persona, sabría ahora ya en la edad adulta lo que es la demagogia, la habría vivido en carne propia, entendería perfectamente el significado de exclusión y desesperanza.

Letras duras, realidades terribles, 20 años de mínimos avances y enormes desafíos que no pasan de un discurso partidario, de un beso de Judas y juguetes baratos en época navideña.

La Hora, 19 de noviembre de 2009.

él

su voz me desagrada, no, no sólo su voz, su semblante, esa queja constante, el lloriqueo, la victimización, la forma en que se contradice, sus análisis de la realidad (si es que son propios), la doble moral, la amnesia, la inclinación de su cabeza cual ave con sueño, sus dedos alargados y filosos como los de Mr. Burns, no, como los de Sméagol, del Señor de los Anillos, su egocentrismo potenciado 20 veces por los serviles empleados, digo personas de confianza, funcionarios, anyway, que le hacen sombra, que le aplauden cual bufones sus gracias y en la mayoría de ocasiones sus desgracias, los que cobran salarios excesivos por portar un pin, por haber formado un ave con las manos que simboliza algo que no se vive en este país, en época de campaña, o perder el tiempo armando clubes absurdos en Facebook, restándole así valor a una red social tan importante, y restando la posibilidad de comprar con tan jugoso salario, medicinas o el pago de 6 a 8 maestros; la poses de él y sus aliados, el patrioterismo que derraman, la interculturalidad que no comprenden, la ligereza de palabras, el uso excesivo de metáforas tontas, ¡ah! y de aviones privados, la utilización de nombres, personajes y líderes, sus lágrimas de cocodrilo y las disculpas ajenas, me aburre, me incomoda, me fastidia ver su fotos, tan sólo leer su nombre ya me cansa, me ofende su ignorancia, que es mucha, sus impertinencias me desquician, sus ojos que no se fijan me alteran, su hipocresía (y hablo en plural totus tuus, él y ellos) me insulta, nos, porque él dijo pueblo sin entender lo que abarca; su solidaridad rebasa el surrealismo, su intolerancia a Adán y Esteban lo reflejan, su rostro desencajado a veces, otras completamente flemático, ilumina lo que nos hace, y sí, me desagrada, insisto, lo alucino



pd: cualquier parecido con él personaje de Las Chicas Superpoderosas es pura casualidad

La Hora, 12 de noviembre de 2009.

martes, noviembre 10, 2009

Shumo

Lo vi acercarse en su pathfinder negra, una cabeza rapada salía por encima de la portezuela abollada junto con el estruendoso sonido de algo que se confundía entre reggaeton y hiphop. Al ver sus labios retorcerse en un piropo barato me hundí en mi pequeño vehículo, espacio seguro contra adefesios de esa calaña.

El semáforo me permitió, sin quererlo claro, darle alcance, iba justo detrás de esa camioneta oscura con placas de Los Ángeles enmarcadas en luces neón color morado.

La luz ya había dado verde y el vehículo permanecía quieto mientras el individuo volvía a emerger de la ventana y vomitaba expresiones mezcladas en un inglés mal pronunciado, revueltas con lugares comunes, de lo que un día fueran frases galantes, hoy tan solo resabios de calenturas expresadas verbalmente.

Mi bocina se agotó, cinco cuadras habían pasado y en cada parada era lo mismo: adolescentes con uniformes a cuadros, señoras de falda de embudo, una empleada doméstica cargada con una mochila. Todas era sujetas de sus miradas y de sus libidinosas palabrerías.

No pude más y rebasé al auto rodado, obviamente, y justo llegando a la 5ª. avenida pude ver de reojo al macho man que lo conducía, robusto por no decir obeso, moreno, pelón al rape, con t-shirt sin mangas, cadena chapeada de oro al cuello, guanteletas y un diente con casquito plateado. Tal como lo había imaginado, un perfecto ejemplo de lo que la alienación produce, y la baja autoestima esconde, así no más, recién venido del norte ostentando su cheap power en un espacio “selecto”.

Somataba las manos contra el timón y alzaba la ceja cual dandy en artículos mortis. Dos cuadras más adelante se vació en chusquedades e insultos contra un homosexual presuroso vestido del mismo color que sus adornos neón en la placa.

El tráfico me impedía avanzar y mi desprecio crecía a medida que miraba más al tipo ese. Se embutió un dedo en la nariz y presionó repetidas veces la bocina, que imitaba un chiflido de albañil acalorado a mediados de marzo. Una mujer bastante mayor subió al carro y se sentó a su lado, vestía de negro y las gafas se detenían en la puntilla de la nariz. Pensé que los cabreos habían concluido, pero una cuadra más, la cabeza rapada salió de nuevo por la ventana, gritándole a una mujer morena que cruzaba por el paso de cebra imaginario: “Mami, de lejos te vi venir y me pareciste una groncha, si negra tenés la cara, cómo tendrás la concha”. Estupefacta e indignada alcé el cuello para ver la reacción de la señora. Ella reía a carcajadas celebrando la inspiración ofensiva, mientras su retoñó, asumo, hinchaba el pecho como muestra de hombría.

La Hora, 5 de noviembre de 2009.

lunes, noviembre 02, 2009

Este martes 3 a las 20:11

Marina


No puedo escribir en tercera persona, no al menos este artículo que intenta rendir un homenaje a una mujer encantadora. Y sí, esa es la palabra, encantadora, seductora, fascinante, no encuentro mejores calificativos para hablar de ella, de Marina la cantante, la triste borracha que engalanó el documental de las Estrellas de la Línea, la compañera de un café en la Patzy muchas tardes, la mujer que cumplió sus sueños pese a la adversidad, la pobreza, el alcohol y críticas.

Murió en una fecha impar, hace apenas tres días, cuando la tarde se vestía de oscuro y los zanates alzaban el vuelo en esas estrechas calles que miran los techos de lámina y el verde del barranco al final de Gerona. Vivió 70 años de alegrías y tristezas, sobriedad y locura, miedo y valentía, agitación y modorra, procreó tres hijos, cuatro nietos y alentó el cariño de muchos que encontramos en ella ese entusiasmo que solemos perder fácilmente al primer raspón que nos damos.

Se prostituyó abiertamente y eso lo respeto luego de conocerla, cuando muchas veces otros lo hacemos de distintas formas, con el cuerpo, las ideas hasta con los sueños, de forma solapada y aporreándonos el pecho. Gozó de un verdadero amor, que como en los cuentos de hadas culminó en su unión con el negro trompudo, quien se adelantó hacia otros aires unos años antes.

Las emociones y alteraciones con que escribió su historia me sobresaltaron a veces, me quitaron el sueño algunas madrugadas y me hicieron reír a mi y a muchos, tardes, mañanas y noches, como cuando celebramos sus 68 años en Pana, con música, caldo de frutas y chanzas.

La vi venir muchas veces subiendo por el tanque para ir a ensayar con Arriaza, celebrar el año nuevo en la casa de Evelyn o acompañarnos a El Cafetalito para comerse un pan con pierna. Presurosa un par de ocasiones dejó el café para ir a buscar la comida de Peluchín y sus múltiples mascotas a quienes vi junto a su ataúd esa mañana vidriosa del 28 de octubre.

Encontró vida en Andrés, bríos en Chema, cariño en Evelyn, conmigo no sé, pero me enseñó muchas cosas: actitud, asombro, seguridad en mi misma y me regaló sonrisas, palabras picaronas y por supuesto música.

Quedó pendiente el que me cantara Gema, lo hablamos todavía hace poco, se lo eché en cara en el San Juan de Dios, mientras ella se quejaba de lo feos que estaban los doctores.

Qué puedo decir de ella, que no hayan dicho ya, artista con todas las letras, interprete además, señora en los escenarios de España y Guatemala. Mujer coqueta, malcriada y más con tragos, la triste borracha como la canción, como su disco y video, un ser humano sorprendente. Marina, amiga, salud y buen viaje, ahí nos vemos.

"Amigas"

El silencio era insoportable. Cuando la puerta del quirófano se abrió todas las miradas se concentraron en la doctora. Ella dirigió la mirada hacia Esteban y recitó un cliché: hicimos todo lo posible, mientras posaba la mano en su hombro. Él, aturdido, empezó a balbucear incoherencias… todo fue tan rápido, no vimos que el trailer se aproximaba, intenté girar hacia el otro lado, pero el carro….

Su justificación se mezclaba con el llanto. Ernesto lo abrazó. Yo no sabía que hacer, qué decir, nunca he sabido actuar en situaciones difíciles. Mientras la doctora explicaba que debido a las circunstancias era necesario esperar a los representantes del Ministerio Público, el tipo del seguro se acercó a Ernesto para tratar de arreglar con él lo del sepelio.

Yo seguía impávida, veía a Esteban sufriendo, llorando a una mujer que no quería, no podía quererla, se había acostado conmigo, la mejor amiga de su esposa, mientras ella preparaba la canasta de la bebé como nos lo habían enseñado en la clase de educación para el hogar en el colegio.

Yo no era la única con la que él había engañado a mi amiga, lo sabía todo el mundo; la secretaria, la tipa aquella en la frontera, la perra de Marcela, como era posible que ahora se jalara el pelo y llorara a gritos por el amor de su vida.

Mientras miraba absorta esa representación magistral de dolor y desconsuelo, Ernesto me miró fijamente, está en shock, le dijo a la enfermera y corrió hacia a mí a abrazarme, quería consolarme, creía comprender mi dolor, mi actitud, mi silencio. La difunta era como su hermana dijo durante el velorio, mientras los amigos de Esteban me miraban con su pequeña bebé en los brazos.

La Hora, 29 de octubre de 2009.

Gracias

Tengo el corazón henchido de emociones, luz, ternura, esperanza (no de la política-politiquera, sino de la real), entusiasmo y fe. Mi mente tiene fresca la sonrisa de ese niño en el parque central preguntándome ¿hoy qué hay?, mientras una mujer inhalando pegamento lo veía alejarse y entrar en la Concha Acústica para ser niño un rato. Lo mismo que la niñita con el pelo quemado de sol, insistiendo en jugar ajedrez y cantando una canción de Daddy Yankee para ganarse un juego de yax. No puedo borrar la satisfacción de un pequeño de ocho años al tomar el carboncillo y dibujar en papel kraft un rostro, al poder jugar, y dejar de ser el responsable de dos hermanitos más pequeños, un encargo que le impedía ser, jugar y divertirse.

Estas cosas borraron el cansancio, el estrés, el desagradable olor e incluso hasta el miedo que en algún momento sentí al cargar un equipo de sonido desde la 5ª. avenida hasta ese espacio frente a la biblioteca.

Por eso, por esas sonrisas, esos ojos bailones, por los abrazos y llamadas solidarias de quienes soñaron ese momento tengo que decir gracias, y quiero aprovechar este espacio para hacerlo. Tengo que empezar por agradecerles a los niños y niñas, por su entusiasmo, su energía y su presencia. Debo agradecer también a Julio Solórzano Foppa, corazón de esas Fiestas de Octubre, espacio en el cual descubrí que las ilusiones al proyectarse se vuelven realidades. Gracias Lucía por incluirme en este grupo de gente maravillosa y gracias a todos y todas los de las Fiestas de Octubre, los de Acude, por lo que hicieron.

Sueno repetitiva al agradecer, pero lo creo necesario, y por eso va mi agradecimiento para Ronald y Betty, Mafer y las otras niñas de la Escuela de Niños Pintores, Frida Kahlo, a Armadillo y la magia de sus títeres, a Mr. Frango, a Sergio De León y la gente de la Unión Europea por creer en esto, a Jimena, Silvana y Paula, a Nubecita, Migajita y Pozolito, a las niñas, niños y maestros de la Escuela de Ajedrez del Centro Cultural Metropolitano, a Farnés, Guillot, Paulo y Evelyn Blanck, a las y los niños artistas y a sus papás y mamás por apoyarlos e incentivar el arte. Gracias al Bar Central, Las Cien Puertas, a Mario Cordero de este vespertino, a León Aguilera de Prensa Libre, gracias a la gente de Guatemala, y recordando a Mercedes Sosa, gracias a la vida.

La Hora, 22 de octubre de 2009.

viernes, octubre 16, 2009

Este lunes 19 en el Bar Central

Terreno ajeno

Se vistió como creyó conveniente, no era un lugar habitual, el clima era algo indescifrable y el miedo no anda en burros, y es que las noticias asustan tanto, lo mejor, así lo pensó Matilde, era pasar inadvertida, estar sin que se note, deambular por el espacio con total tranquilidad, sin temor a manos que “acarician” sin permiso, dicen, ojos que desean lo ajeno y a ser objeto pues de piropos subidos de tono, que nunca agradan y que luego se quedan resonando en el subconsciente y no para animar el ego, como en la canción Cristina, de Sabina, sino más bien para perturbar la paz que la ignorancia de un vocabulario más allá de lo populoso propicia.

Así que, segura de sí misma, sin nada que perder, y con los ojos abiertos ante la variedad (y la nariz apretada ante el excesivo olor a orín), Matilde se desplazó por el Parque Central mientras a lo lejos la marimba sonaba y los globos de los vendedores se elevaban coloridos sobre las cabezas de niños y niñas.

¡Qué alegre! exclamó o quizá sólo lo pensó, en ese momento no tenía con quien hablar, y continuó su trayecto rumbo a la Concha Acústica , entre ventas de elotes locos con colores mexicanos, atol, tostadas y discos piratas a Q5.00.

Qué pensó en ese momento, no sé, tal vez se le antojó un algodón en palito o una doblada bañada en salsa roja y queso duro, el ambiente era festivo, gente iba, gente venía y Matilde empezaba a sentirse contenta por haber aceptado llegar y pasar el día en un espacio abierto en donde gracias al arte se olvidaban los dichos, los hechos y los maltrechos comentarios cargados de clasismo, racismo y otros ismos.

Ensimismada, atolondrada talvez por tanta bulla esquivó a un tipo, un hombre más bien bajito que extendía la mano con un volante. No gracias, dijo y miró al señor que dibujaba rostros a Q35.00, cuando sintió una mano en el hombro, de nuevo el volante aparecía frente a su nariz y tras de él, el mismo hombre, bajito musitaba tenga. Lo ignoró e intentó esquivarlo para continuar su camino, cuando escuchó: pécora, titubeó pensando el significado de esa palabra y al darse cuenta del mismo volteó de nuevo a ver al tipo bajito que, señalándola con el alta voz en la mano gritaba, pécora, pecadora, ella es una mala mujer…

No supo qué decir, decidió continuar hasta toparse con un niño pequeño lloroso y perdido, lo tomó en sus brazos para consolarlo, el llanto se convirtió en gritos, la gente empezó a mirarla de nuevo, como segundos atrás lo había hecho al escuchar los señalamientos del “evangelizador bajito”, ¿se lo estará robando? susurró una señora con delantal de encaje, y las miradas se estancaron en ella, en Matilde, la que quería pasar inadvertida. Sintió que avanzaban, el niño chillaba y el sonido de la música del vendedor pirata se confundió con la marimba que ya no se escuchaba tan fuerte, redoblantes que tronaban al pasar sobre la sexta, la predica del hombre bajito en el alta voz, mientras en la Concha Acústica un payaso decía que espejo en chino se dice ahí toy yo, todo se mezclaba, el bum, bum, EL DIARIO, EL DIARIO, a 3 por 5 los rellenitos, pecora, pecadora, suelte al niño, mala mujer, teclas de mi tierra, el olor, calor…

Soltó al niño, corrió a la Concha Acústica y empujó el portón justo cuando el payaso decía que rosado encendido en inglés se dice pink piririnpin pink pink...

La Hora, 15 de octubre de 2009.

1 de octubre

Solía esperar el sonido de la olla de presión o el olor de frijoles recién cocidos para entrar corriendo a la casa, prender la tele y ver El Chavo. Las tareas ya estaban concluidas, había optimizado mis habilidades motrices jugando liga y lo único pendiente era ese encuentro secreto con un cuaderno rosado que unía tapa y contratapa con un diminuto candado.

La cena llevaba conversaciones de rutina, con algunas historias recicladas del almuerzo: lo tardé que llegó el bus ese día, lo difícil que resultaban los quebrados o la típica escena de reclamo por la espantosa refacción que había encontrado en la lonchera esa mañana, no más bananos por favor que se ponen negros…..

Las mañanas transcurrían entre sujetos, predicados, ríos, volcanes y versículos de la biblia, hasta que la campana que luego se transformó en timbre me transportaba al maravilloso espacio del matado, un juego sin pistolas ni evocaciones de notas periodísticas.

Encontrarme con mi hermano mayor en el bus era el momento en el que mi deseo de ser mayor se acrecentaba, por qué el podía ir atrás, por qué me ignoraba, conforme sus amigos descendían del viejo vehículo amarillo, su actitud cambiaba, hasta que ya casi llegando a nuestro destino se dignaba a mirarme e incluso me permitía acompañarlo en ese último sillón privilegio de los grandes.

Los fines de semana eran días de primos, de jugar al Pelón, de tomar coca cola, de dormirse tarde o acampar en la cama de mis papás comiendo manzanas con limón o naranjas con pepita mientras mirábamos tele.

En los cumpleaños siempre había pasteles, velitas y regalos, para navidad Santa Claus no nos engañaba, pero mi papá nos complacía con lo requerido y merecido además, como el decía.

Pitufina salía de mi cuarto todas las noches por si era diabólica, mi hermano menor era la mejor solución a mis miedos nocturnos, mi cabeza nada más dolía cuando mi mamá me peinaba y mi abuelo me trasportaba cada tanto al circo o al zoológico.

El sueño era profundo y apacible, las madrugadas pese a la pereza me invitaban a ver a mis amigas y compartir secretos, la noche de brujas era un día en el que la imaginación hacía de la casa un taller de costura y maquillaje.

Reía, creía y esperaba. Aquel día del niño curiosamente como hoy, la perinola me dijo: toma todo, y por eso me río, creo y espero, mientras mis manos se pierden entre fotografías en el carrusel, los caballitos de las Américas y Nicaragua.

La Hora, 1 de octubre de 2009.

viernes, septiembre 25, 2009

a Nuestro Diario

por infiel la mataron
por traidora la cortaron
por ingrata la embolsaron
y como puta la inmortalizaron

(basado en una nota pubicada en ese medio el 26 de agosto)

Hoy amanecí pensando en él

Esperando octubre

En Guatemala carecemos de muchas cosas y se violentan de distintas formas los derechos de las personas. Uno de los derechos que menos se respeta es el de la cultura. Algo que quizá no sorprende porque, para empezar, no siempre se entiende el concepto de cultura, aunque tal vez tampoco se entienda muy bien el significado de “derecho”.

Lo cierto del caso es que tomando como pretexto los grandes problemas sociales que se viven en el país, de forma absurda o por ignorancia, se pinta a la cultura como un lujo y se le saca del listado de prioridades, negando así una gran posibilidad de desarrollo social y económico y castrando además el talento, que abunda, de las y los ciudadanos.

Esto viene al caso por el errado enfoque que le da una nota de Prensa Libre del 22 de septiembre a las “Fiestas de Octubre”. Sin ánimo de polemizar, quiero aprovechar este espacio para aclarar que esta celebración, bendita y necesaria, no surge con el afán de enardecer los espíritus revolucioanarios de las y los guatemaltecos, aunque igual estaría bien, lo que busca es convertir a Guatemala -y lo digo así porque una de las virtudes de este evento es la inclusión y la descentralización - en un escenario en donde todas y todos seamos protagonistas y espectadores de lo mucho y bueno que se hace cada día y que se invisibiliza porque siempre es más importante, al menos para algunos: la corrupción, la política, propagar el miedo y difundir además lo importado, lo enlatado, aquello que no nos contiene, que nos pone límites por visas, pantallas y dinero.

Estas Fiestas celebran una Guatemala que se expresa, que canta, baila, poetiza, pinta y juega. Estas fiestas además, son el producto de sueños, de grandes ilusiones, de colaboraciones y de unidad. Porque si bien es cierto que unos aportan dinero, es más cierto que muchos aportan esfuerzo, talento y corazón. Por eso, cuestionar esta celebración haciendo referencia a temas tan duros como la desnutrición es totalmente ilógico, injusto y carente de visión.

Personalmente aplaudo esta iniciativa, alabo el esfuerzo de todas las personas que se mueven diariamente desde hace ya algún tiempo para que la cultura se viva, me entusiasma ver cómo se va dejando la actitud lastimera de años atrás al llegar el 20 de octubre y felicito a Julio Solórzano y a su equipo por ser ese engranaje que va empujando y juntando a unos y otros, Gobierno, Ong´s, Sociedad Civil, empresas. Esta es la forma de cambiar las cosas, trabajando en equipo y sin dejar de soñar. Estoy esperando octubre, es hora de celebrar.

La Hora, 24 de septiembre de 2009

Carretera

Aún es temprano pero el tráfico ya es denso, avanzo lo que el vehículo que me precede me permite y él, a su vez lo que el bus con diarrea de humo deja. La ciudad está revuelta. Son los vestigios de una fiesta sin sentido y sin embargo comprensible, de un descanso prolongado y de sabanas pegadas al sueño.

Los camiones casi rasuran el vehículo al rebasar en la carretera, mientras los rayos de sol comienzan a fruncir mi ceño y a invitarme a encender el aire condicionado, mientras me pienso el consumo de gasolina, y sí, no está la virgen para tafetanes.

Mientras el atlántico me absorbe o yo a él –quizá más tarde-, sólo atino a observar chatarra de vehículos desechos a uno y otro lado, el polvo se mezcla con el humo de los buses extraurbanos y se adhiere a mi piel sudorosa y quemada.

Horas después de tragarme miles de vallas de productos y políticos, me detengo a comer en Río Hondo, mientras espero que se enfríe –cosa que no sé si llegue a pasar en este clima- la doblada con loroco, observo a una mujer de aspecto cansado, cargando a un niño visiblemente enfermo, obviamente ella como mucha gente más no accede a la salud pública, bueno, esto es más bien una utopía, y espera reunir un poco de dinero para viajar a la ciudad y ahí encontrar la cura, me duele pensar en la decepción que va a sufrir.

Continúo, las armerías se anuncian en la carretera como un anticipo de lo que hay más allá o lo que puede llevarnos al más allá, y me da miedo.

Decido no parar más, cerrar las ventanas, gastar el combustible y ver a través de los cristales esas mansiones a cada lado del camino contrastando con la pobreza circundante, es Guatemala claro.

Faltan muchos kilómetros para el lugar de destino, derrumbes, hoyos gigantes y pequeños, calor, infierno. Rostros famélicos que salen al paso, angustiados, abatidos infortunados.

El camino también está alterado, ¿será el clima? ¿Será la situación, el recuerdo de caravanas agitadas con antorcha en mano? ¿Serán presagios, augurios, palpitos, presentimientos?

¿Será la luna? ¿Será sandía, será melón?

La Hora, 17 de septiembre de 2009.

viernes, septiembre 11, 2009

sobredosis


hay deflación
involución
disminución
retorno
regresión
supresión
deseos de ser evaginada, abortada
reculo por miedo
regreso al vacío
al silencio
me hundo,
me borro
me pierdo
me diluyo
y empieza a sonar el danzón de Orellana

jueves, septiembre 10, 2009

Feliz, feliz no cumpleaños


Hoy por la mañana, justo a las seis prendí la radio y escuché el Himno Nacional, por alguna razón que aún no comprendo: empatía con amigos, la brutalidad de la letra o simplemente por asociarlo a algo oficial, gubernamental, o que me remontó a los aburridos actos cívicos en el colegio, siempre de pie, automáticamente cambié de estación. Pero seguía sonando, parecía una pesadilla, estación marcada y sonaba, con orquesta, con Álvaro Aguilar, en voz femenina... finalmente lo dejé sonar e intenté recordar bajo qué argumento, la presión, obvio, lo aprendí en la niñez y si alguna vez me cuestioné lo que decía; estoy segura de que en esa época lo repetía cual loro sin saber siquiera el significado de muchas de las palabras que en él se mencionan.

Vino a mi mente una ocasión en la que fuera del país lo escuché y me emocionó, chapinismo, esa falsa idea de que era el segundo himno más bello del mundo, nostalgia quizá, aunque nunca he estado tanto tiempo fuera como para tener ese sentimiento.

Lo cierto del caso es que el himno visto a estas alturas de la vida no me dijo nada, como tampoco me lo dicen las banderas de tela, de plástico y en stickers que adornan en estos días carros, casas y negocios.

Continué en la búsqueda de imágenes patrias, la monja blanca, una flor que jamás he visto en vivo, la ceiba. El quetzal, el escudo, la marimba que me gusta como suena, mucho más con Orellana, y llegué a la conclusión que aparte de este último símbolo musical, nada me refería a Guatemala.

Pensé que siento mucho más mi país, en el atol, el zangoloteo de una lancha en el lago de Atitlán, en una tostada de guacamol con cebolla, perejil y queso, en mis libros, en la canasta que me obsequiaron en Chicabnab hace años, en personas valerosas como Eluvia y Juana, de Nebaj, en el clin clin del gardabarrancos de mi abuela, en los barriletes gigantes de Sumpango.

Todo lo demás no me dice nada, como tampoco me lo dice la banda que porta el empleado público mejor pagado del país y su negación constante a aceptar la realidad, o el escudo dorado que adorna toda la publicidad que lo ha convertido en una marca; no me dice nada el slogan del Inguat, el Kin de Oro que dan anualmente a empresas "conscientes y nacionalistas", eso no remonta a la nación, no me identifica como chapina, tampoco estas fiestas bicolores, las antorchas encendidas y los ruidosos desfiles.

El himno suena y no pasa nada, pero alguien entona Luna de Xelajú o la Linda Morena y mi corazón se alegra, y es que pese a todo amo a mi país, no digo patria porque no me gusta esa palabra, me enorgullezco de mucha de su gente, de mí, y celebro esta tierra aunque no con una independencia inexistente, un himno interpretado de mil formas y un palacio de cristal que nos permite ver a un presidente-emperador como el del cuento, deprimente, carente y también insolente.

La Hora, 10 de septiembre de 2009.